Evangelista: el viaje de Felipe

Desde los inicios de la Iglesia, Dios ha añadido a ella todos los que van siendo salvos, frase constantemente repetida en el libro de Hechos, incluso después de pasajes sobre persecución y oposición. Esta constante afirmación nos recuerda una certeza: la Iglesia es una obra de Dios, no una invención humana, por lo que cuenta con Su respaldo y fidelidad. Mientras la Iglesia primitiva crecía en número se volvió necesario escoger diáconos, personas que sirvieran a la comunidad de creyentes con un corazón santo, amoroso y, en esencia, llenos del Espíritu Santo; es decir, cristianos con un carácter conforme al de Cristo.
I. Su carácter: ser como Cristo
Hermanos, escojan de entre ustedes a siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu y de sabiduría, para encargarles esta responsabilidad. Así nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la palabra». Esta propuesta agradó a toda la asamblea. Escogieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, y a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Parmenas y a Nicolás, un prosélito de Antioquía. Los presentaron a los apóstoles, quienes oraron y les impusieron las manos.
Hechos 6:3-6
Nuestro carácter ha de ser formado como el de Jesús, hecho igual a Sus hermanos:
En efecto, a fin de llevar a muchos hijos a la gloria, convenía que Dios, para quien y por medio de quien todo existe, perfeccionara mediante el sufrimiento al autor de la salvación de ellos.
Hebreos 2:10
Para que una congregación pueda decir: «él/ella tiene buen testimonio», deben haberle probado en diferentes situaciones: alguien que, aún después de retos y ofensas, sigue amando, perdonando, sirviendo, siendo fiel. El carácter de Felipe nos hace recordar al de Cristo:
La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!
Filipenses 2:5-8
Nuestro Señor renunció a Su gloria celestial, nació como un niño indefenso y murió humillado por amor: ¿por qué nosotros no hemos de seguir Sus pasos y negarnos a nosotros mismos? Los siete escogidos en Hechos 6 no renegaron el deber, fuera éste testificar frente al pueblo o servir las mesas, porque el carácter de Cristo los hizo disponerse a lo que Él y Su iglesia necesitaran.
II. Su corazón: la Gran Comisión
El crecimiento de la iglesia vino acompañado de persecución violenta en toda Judea, por lo que muchos creyentes se dispersaron. Sin embargo, no escondían su fe: la predicaban.
Los que se habían dispersado predicaban la palabra por dondequiera que iban. Felipe bajó a una ciudad de Samaria y les anunciaba al Mesías.
Hechos 8:4-5
La persecución, un evento tenso y doloroso, fue usado para bien: el Evangelio se expandió a otras regiones, se consolidó el cristianismo como un credo único y definido, y la Iglesia fue probada en carácter, fidelidad y autenticidad. Felipe salió también de Jerusalén y predicó el Evangelio con un corazón de amor y misericordia por los samaritanos (personas étnica y religiosamente excluidas), quienes se alegraron por la salvación y los milagros que Dios había llevado a su pueblo. Como Felipe, nosotros también hemos de tener un corazón con carga por los perdidos, sin apatía por sus almas. Dios ama a la gente y les muestra su amor a través de ti.
III. Su campo de batalla: el mundo.
En cambio, si expulso a los demonios por medio del Espíritu de Dios, eso significa que el reino de Dios ha llegado a ustedes. ¿O cómo puede entrar alguien en la casa de un hombre fuerte y arrebatarle sus bienes, a menos que primero lo ate? Solo entonces podrá robar su casa.
Mateo 12:28-29
Este mundo no ha sido creado para el diablo y sus ángeles. Con el poder de Dios, el evangelista debe atar al «hombre fuerte» (el enemigo y ladrón) y arrebatar las almas de sus manos para traerlos al Reino de Dios: es una batalla. Porque:
Sabemos que somos hijos de Dios, y que el mundo entero está bajo el control del maligno.
1 Juan 5:19
… sin embargo, aunque el maligno ha engañado a la humanidad para negar la Verdad, los hijos de Dios vamos en el Nombre de Jesús, a quien pertenece toda autoridad. Puede más la autoridad que el poder, pues éste último termina cuando la Autoridad dice. No tengamos temor del mundo, pues nos respalda la autoridad del Rey de un reino superior: Jesús.
IV. Su fortaleza: Cristo mismo.
Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo, porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo.
Hechos 8:14-17
El mismo Espíritu que llegó a Jerusalén llegó también a Samaria. Ahí, Pedro y Juan se encontraron con una comunidad de cristianos sedientos del Espíritu Santo, pero también con un hechicero que pretendió comprar lo sublime y eterno con lo bajo y mundano:
Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, diciendo: Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo. Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás. Respondiendo entonces Simón, dijo: Rogad vosotros por mí al Señor, para que nada de esto que habéis dicho venga sobre mí. Hechos 8:18-24
Nosotros, ¿hemos comprado el Don de Dios, el Espíritu Santo? No, porque no es una mercancía o un mérito por el cuál pagar: es un regalo. El Don de Dios es para ti, pues Él ya lo derramó en la Iglesia y no te será negado por tus temores, inexperiencia o debilidades, porque no es obra tuya sino Suya. «Pero ¿cómo va a usarme Dios?», te preguntarás. Como Él quiera. Su fidelidad y fortaleza son nuestra confianza.
En cuanto a Simón, su necesidad era arrepentirse, no pedir para que las consecuencias de su pecado no cayeran sobre él. Debía negar y renunciar al reino de tinieblas que lo tenía atado para entonces aceptar y afirmar el Reino verdadero y libertador. Que ellos también escuchen el Evangelio, porque Dios puede salvar (y ha salvado) a personas adentradas en las tinieblas de la hechicería, idolatría, esclavitud y más, para gloria Suya.
El reino el maligno está derrotado: Jesús resucitado se alza victorioso ante ellos, Él es nuestro Dios, nuestro respaldo y seguridad. El Espíritu del Vencedor habita en nosotros y es por Él, por Su autoridad, que podemos hacer frente a las tinieblas siendo luz y sin miedo.
V. Su disposición: una nueva misión.
Un ángel del Señor dijo a Felipe: «Ponte en marcha hacia el sur, por el camino del desierto que baja de Jerusalén a Gaza». Felipe emprendió el viaje, y resulta que se encontró con un etíope eunuco, alto funcionario encargado de todo el tesoro de la Candace, reina de los etíopes. Este había ido a Jerusalén para adorar y, de regreso a su país, iba sentado en su carro leyendo el libro del profeta Isaías. El Espíritu dijo a Felipe: «Acércate y júntate a ese carro». Felipe se acercó de prisa al carro y, al oír que el hombre leía al profeta Isaías, preguntó: —¿Acaso entiende usted lo que está leyendo? —¿Y cómo voy a entenderlo —contestó— si nadie me lo explica? Así que invitó a Felipe a subir y sentarse con él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era el siguiente:
«Como cordero fue llevado al matadero,
como oveja que enmudece ante su trasquilador,
ni siquiera abrió su boca.
Lo humillaron y no le hicieron justicia.
¿Quién describirá su descendencia?
Porque su vida fue arrancada de la tierra».—Dígame usted, por favor, ¿de quién habla aquí el profeta, de sí mismo o de algún otro? —preguntó el eunuco a Felipe. Entonces Felipe, comenzando con ese mismo pasaje de la Escritura, le anunció las buenas noticias acerca de Jesús. Mientras iban por el camino, llegaron a un lugar donde había agua y el eunuco dijo: —Mire usted, aquí hay agua. ¿Qué impide que yo sea bautizado? Entonces mandó parar el carro, ambos bajaron al agua y Felipe lo bautizó. Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor se llevó de repente a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, pero siguió alegre su camino.
Hechos 8:26-39
Como Felipe, afinemos nuestros sentidos espirituales mediante la comunión con Dios, para que podamos escuchar y reconocer Su voz. Su disposición a escuchar y obedecer le da una nueva misión. Notemos el tipo de persona que era el etíope: un hombre de la nobleza extranjera, rico, acomodado, estudiado, respetado, responsable y sediento de Dios. Felipe, en obediencia a Dios y a la piedad que Él puso en su corazón, cobra valor, se acerca al carro del etíope y empieza la conversación. Dios ya había preparado el corazón de ese hombre, quien decide creer y tomar el siguiente paso en la confesión de su fe: el bautismo.
Aquel etíope, como todo cristiano que decide hacer pública su fe mediante la ordenanza del bautismo, continuó su camino feliz, pues había comprendido la profecía que leyó, el sentido de la adoración que efectuó en Jerusalén, y había comprendido también que Jesús era la plenitud que su alma necesitaba. Fue redimido de sus pecados y no pudo esperar a hacer manifiesta su nueva naturaleza: «Aquí hay agua, ¿qué impide que yo sea bautizado?». A ti, creyente que has probado el Pan y el Agua de vida del Señor, ¿algo te impide tomar la misma decisión? Él sacia nuestra hambre y sed espiritual y sepulta la vergüenza del pecado bajo las aguas bautismales para que, como Él, nos levantemos de ellas resucitados. ◾
En cuanto a Felipe, apareció en Azoto y se fue predicando las buenas noticias por todos los pueblos hasta que llegó a Cesarea.
Hechos 8:40