Hechos 11

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«Los que se habían dispersado a causa de la persecución que se desató por el caso de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sin anunciar a nadie el mensaje excepto a los judíos. Sin embargo, había entre ellos algunas personas de Chipre y de Cirene que, al llegar a Antioquía, comenzaron a hablarles también a los de habla griega, anunciándoles las buenas noticias acerca del Señor Jesús».

Hechos 11:19-20

Chipre: Una gran isla en el mar Mediterráneo, ubicada a unos 400km al noroeste de Israel. Era una
provincia romana. Como de Querétaro a Guadalajara.
Antioquía: Hubo varias ciudades llamadas Antioquía, pero la más prominente en la historia bíblica,
Antioquía del Orontes (en la actual Turquía), fue una importante ciudad helenística y romana. Fue un
centro importante para la iglesia cristiana primitiva y, de hecho, allí los creyentes fueron llamados
«cristianos». Era la capital de la provincia romana de Siria. Estaba a unos 600 kilómetros de Jerusalén.
Como de Querétaro a Saltillo.
Cirene: Era una importante ciudad griega en el norte de África, en lo que hoy es Libia. Era la capital
de la provincia romana de Cirenaica. Simón de Cirene, quien ayudó a Jesús a llevar la cruz, era de allí.
Estaba a unos 1,200-1,300km de Jerusalén. Como de Querétaro a Tapachula.

Chipre, Cirene y Antioquía estaban lejos de Jerusalén, pero tenían comunidades judías.

Resulta curioso cómo, a pesar de que los creyentes viajaban tan grandes distancias para predicar las buenas noticias, al llegar a esas ciudades lejanas, decidían predicarle solamente a los que pertenecían a las comunidades judías.
Como dice el versículo 20, “sin embargo”, había entre los creyentes personas que eran diferentes a la mayoría de creyentes en ese momento, y eran diferentes porque no eran de origen judío, sino que eran originarios de de esas mismas regiones lejanas. Conocían esa cultura y pertenecían a ella, fueron quienes decidieron comenzar a predicarle también a quienes no eran judíos y el Señor respaldó su predicación con su Poder. De esta manera, muchos no-judíos comenzaron a ser salvados y la gracia de Dios se extendió a más personas: de hecho, después de eso no se detuvo… y es esa misma Salvación que la llegó hasta nosotros.
Ya hemos visto en los capítulos previos de Hechos, que los primeros creyentes tenían un paradigma en su mente, estaban casados con la idea de que la Salvación era sólo para los judíos, y se cerraban a la idea de que también Dios quisiera y pudiera salvar a “los gentiles”, como ellos les llamaban precisamente para hacer notar “la diferencia” con ellos.
Actualmente, como iglesia, también solemos caer en ciertos sectarismos, preferencias o prejuicios, marcamos diferencias, asumimos que la Salvación es más factible para unas personas que para otras. A veces nuestros sectarismos no tienen que ver con asuntos nacionalistas (como lo que había entre judíos y no judíos), pero podemos caer en preferencias o discriminaciones por causas diversas, como:

  • Por apariencia: “Se ve que le va bastante bien, no creo que le interese.”
  • Por moralidad: “No, esa persona está muy mal, está difícil que se salve.”
  • Por situación económica: “¡Lo tiene todo! No me escuchará.” … “No necesita ayuda espiritual, lo que necesita es dinero.”
  • Por edad: “Está muy joven”… “Está muy viejo”… “Es un niño, no lo entenderá.”
  • Por diferencia respecto a nosotros: “No tenemos nada en común, yo no puedo predicarle.”
  • Entre otras.

«El poder del Señor estaba con ellos, y un gran número creyó y se convirtió al Señor».

Hechos 11:21

El Poder del Señor produce fruto, marca la diferencia. No sólo tuvieron una idea diferente o innovadora, sino que hicieron lo que Dios había dicho desde el inicio que hicieran (“Vayan por todo el mundo”) aunque era diferente a lo que estaban haciendo todos, incluyendo a los “principales” creyentes. Y el Poder de Dios los respaldó, pues estaban haciendo la voluntad de Él, no sólo una “buena idea” de ellos.

La clave no está en la mercadotecnia, ni en los efectos especiales, ni en la elocuencia… Vemos una y otra vez en Hechos que la clave de nuestra predicación de las buenas noticias está en el Poder de Dios.

«La noticia de estos sucesos llegó a oídos de la iglesia de Jerusalén y mandaron a Bernabé a
Antioquía.»

Hechos 11:22

*Bernabé era de Chipre.

«Cuando él llegó y vio las evidencias de la gracia de Dios, se alegró y animó a todos a hacerse
el firme propósito de permanecer fieles al Señor, pues era un hombre bueno, lleno del
Espíritu Santo y de fe. Un gran número de personas aceptó al Señor.
Después partió Bernabé para Tarso en busca de Saulo y cuando lo encontró, lo llevó a
Antioquía. Durante todo un año se reunieron los dos con la iglesia y enseñaron a mucha gente».

Hechos 11:23-26

*Bernabé, al identificarse con ellos, porque había crecido en la misma región, no sólo se alegró, sino que supo cómo aconsejarlos. Él sabía el desafío que sería mantenerse firme en esa cultura específica.

Debemos hacer lo mismo. Si conocemos a nuevos creyentes que vienen de un trasfondo similar al
nuestro, por cultura, edad, religión, origen, etc… debemos ser buenos hermanos mayores y
aconsejarles, ayudarlos, interceder por ellos, porque conocemos bien por lo que están pasando o
pasarán, porque hemos estado ahí también.

«Fue en Antioquía donde a los discípulos se les llamó «cristianos» por primera vez».

Hechos 11:26b

Es muy probable es que ese nombre fuera un insulto. Era una costumbre de los griegos acuñar esos nombres de manera burlona… “Los partidarios de”… “Cristos pequeños”.
En el Nuevo Testamento, los creyentes nunca se refieren a sí mismos como «cristianos», sino que utilizan otros términos como hermanos (Hechos 15:1; 1 Corintios 16:20), discípulos (Hechos 11:26; 14:24) y santos (Hechos 9:13; 2 Corintios 13:13).
Antes de su conversión, Saulo buscó a los «que pertenecían al Camino» (Hechos 9:2). Esto da a entender que una descripción de los primeros cristianos podría haber sido «gente del Camino» (ver también Hechos 19:9; 24:22).

Siempre me gusta hacer el ejercicio de preguntarnos cómo nos ven los demás, cómo nos ve la sociedad, cómo nos ven las personas que están lejos de Dios. Aun burlonamente, los griegos de aquel entonces vieron en los creyentes que se parecían a Cristo, que toda su vida giraba en torno a Cristo (¡hasta morían por Él!) y eso los llevó a etiquetarlos así.
Con tristeza veo que la imagen que tiene la sociedad actual de los Cristianos es distinta a lo que veían los griegos no creyentes de aquel entonces. Nuestro impacto en la sociedad actual se ha resumido a vacías tendencias de lenguaje como decir “amén” en lugar de “sí”. Mi oración y acción, en lo personal y para la iglesia, es que cada vez más volvamos a ser identificados por la persona de Cristo en nosotros, por parecernos más a Él, y que aun quienes nos resistan vean a Cristo en nosotros y como el centro de nuestra vida.

«Por aquel tiempo unos profetas bajaron de Jerusalén a Antioquía. Uno de ellos, llamado Ágabo, se puso de pie y predijo por medio del Espíritu que iba a haber una gran hambre en todo el mundo, lo cual sucedió durante el reinado de Claudio. Entonces decidieron que cada uno de los discípulos, según los recursos de cada cual, enviaría ayuda a los creyentes que vivían en Judea. Así lo hicieron, mandando su ofrenda a los líderes religiosos por medio de Bernabé y de Saulo».

Hechos 11:27-30

Hubo revelación divina, pero en ese caso la solución no fue a través de acciones divinas sino de los creyentes.
No oraron pidiendo maná del cielo, ni cuervos distribuidores de carne, sino que ofrendaron según sus recursos. En esta ocasión no se trató de una provisión divina directamente del cielo, sino de una provisión divina a través de los creyentes. ■